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La estruendosa lluvia que azotaba mi ventana ensordecía mis ahogados sollozos. Escribo, con mano temblorosa, mi nota de suicidio, puesto que el acoso de esa burlona criatura me tiene estresado, paranoico, mentalmente destrozado. Quiero registrar la verdad acerca del accidente de hace dos meses donde mi mujer y mis dos bellas hijas fallecieron, sobre la verdadera causa del fatídico hecho, sobre el ser que acabó con mi frágil cordura.

Recuerdo bien lo sucedido anterior a la catástrofe. Reiterando lo anterior dicho, ocurrió hace dos meses, una noche donde la lluvia caía estruendosa y el viento rugía furioso, tal cual como el día de hoy. Estaba junto a mi familia, mi mujer, Clara, y mis dos hijas mellizas, Rubí y Zafiro, volviendo en automóvil tras un viaje en el cual nos habíamos reunido con unos parientes.

El viaje era largo, aún quedaban dos horas para llegar a nuestro hogar; justo atravesábamos un sendero bastante peligroso, por la ladera de una montaña a unos diez o quince metros de altura, cuya pendiente era empinada y el camino angosto. El pavimento, húmedo por las gotas de agua que impactaban contra éste, sumado a las tinieblas que se apoderaban del ambiente y el viento que emitía ruidos aterradores y distractores hacían del terreno más peligroso de lo usual. Clara me recomendó ir con lentitud, cosa que acaté.

Mientras avanzábamos, penetró por mis oídos el grito de terror que Zafiro había soltado. Clara preguntó qué había sucedido pero la menor de las mellizas estaba paralizada hasta los huesos por el miedo. Entonces, Rubí, igual de aterrada pero con mayor autocontrol, pudo decir entre tartamudeos que habían divisado una silueta tenebrosa situada sobre una robusta rama en la zona superior de la montaña, de la cual, a causa de las penumbras en las que se mimetizaba, lo único que reconocieron fue su silueta oscura y dos orbes rojizos que las miraban fijamente. Clara rió un poco, alegando sobre lo imaginativas que resultaron ser sus hijas para luego tranquilizarlas diciendo que no era nada, argumentando que la oscuridad les hacía ver cosas irreales. Yo estuve de acuerdo.

Veinte minutos aproximadamente transcurrieron tras aquel suceso que heló del miedo a mis hijas; el viaje continuó con relativa calma. Y esa calma no tardó en desvanecerse tan pronto se sintió un impacto, de cierta forma, suave contra el vehículo, empujándolo hacia la ladera. Tanto mi mujer como mis hijas se sintieron muy preocupadas al respecto y yo intenté poner calma a la situación, con el argumento de que haya sido sólo el viento. Tristemente ellas no lo creyeron, y a decir verdad, yo tampoco me hubiese creído, puesto que el viento no tenía la fuerza necesaria para poder producir tal impacto. Menos tendría fuerza para producir el siguiente impacto, de magnitud superior, el cual empujó con fuerza nuestro transporte, impactando éste contra el barandal metálico que era lo único que nos separaba de una peligrosa caída.

No pasó ni un minuto para otro impacto, seguido de otro, y otro, y otro cada vez mayor. Clara respiraba agitada mientras las pequeñas mellizas se abrazaban a la vez que lloraban. Traté de mantener la calma pero me era imposible, la situación me tenía bajo mucha presión. Cuatro o cinco impactos después el barandal no resistió al auto y se rompió, cayendo el auto cediendo ante la gravedad.

Me desperté aturdido, con la visión muy borrosa y con severas heridas a causa de la caída. Me encontraba de cabeza, el automóvil se había volteado, así que desabroché el cinturón de seguridad y exclamé de dolor al sentir el vidrio fragmentado desgarrando mi piel, incrustándose en mi carne. Más difícil fue la salida, pues me había roto la pierna izquierda, aunque, el dolor no me importaba, lo único que pasaba por mi mente era encontrar a mi amada familia, la cual se encontraba ausente dentro del vehículo, estando yo solo cuando desperté.

Avanzar fue difícil pero no me fue imposible, y, lo que calculo fueron cincuenta metros lejos del lugar del choque, divisé, con mi aún borrosa visión, dos bultos que no identificaba y un poco más allá la figura de… ¿Un buitre? Éste parecía estarse alimentando. Fue entonces cuando un punzante dolor perforó mi cabeza y tras cerrar con fuerza mis párpados unas tres veces, mi visión se recuperó sólo para horrorizarme ante la carnicería ante mis ojos: los dos bultos resultaron ser mis queridas Rubí y Zafiro, mutiladas horriblemente, cuyos cuerpos deformados e irreconocibles, con signos de que algún animal se había alimentado de ellas, sólo eran diferenciables por los trozos de tela rasgada que alguna vez fueron sus ropas. Lo que creí que era un buitre, no fue ni más ni menos que una figura humanoide, cubierta en harapos negros la cual sí resultó estar alimentándose.

Vulture

Temeroso, pero, sospechando lo que podría ser que estuviese ingiriendo, rezando a algún ser divino que no fuera lo que creía, me acerqué para comprobar que el alimento del ser era el cuerpo de mi difunta Clara, cuyo vientre abierto permitía a la criatura coger las vísceras y llevárselas a la boca. Aquella criatura parecía humana, y a la vez no; parecía el cuerpo de un hombre joven desnutrido, cuya palidez era cadavérica, vestido por harapos de tela negra, remanentes de lo que a mis ojos era una chaqueta desgarrada, que dejaba al descubierto el abdomen completo al igual que sus antebrazos hasta las manos, y un pantalón negro, el cual sólo cubría hasta la mitad de las pantorrillas. Estaba descalzo y las uñas de sus pies, al igual que las de las manos, eran largas y filosas garras, amarillentas y llenas de mugre, en cuanto a su rostro no lo podía distinguir bien pues su cabello azabache, sucio, mugriento y largo que llegaba bajo las orejas, le cubría completamente los ojos viendo apenas su nariz y boca, a la cual ingresaban los restos de mi mujer.

Retrocedí ante la vista pero el dolor de mi miembro roto volvió a mí, provocando que tropezara sin cuidado, captando la atención de la criatura. Pude ver mejor su cuerpo el cual carecía de piel en algunas zonas, como el pectoral izquierdo, la zona derecha del vientre y en el muslo izquierdo, dejando su tejido muscular expuesto, pero su rostro me perturbó. No era muy diferente al de un joven recién ingresado a la universidad pero la palidez inhumana, junto a esos globos oculares que parecían infectados por su rojo y enfermizo color, tan enfermizo como sus iris amarillos, y de su rostro también faltaba piel, sobre la nariz, exponiendo el hueso y en la mejilla derecha, exponiendo sus podridas encías y sus sucias muelas. No tardó en revelar su monstruosa dentadura al cambiar su apática expresión por una burlona sonrisa de oreja a oreja, revelando sus puntiagudos y amarillos dientes, teñidos de rojo por la sangre de Clara y adornados con los restos de sus vísceras, aún presentes en su cavidad bucal.

Se relamió los labios con una lengua negruzca mientras se acercaba con calma a mí. No puedo explicar por qué pero creo que fue a causa del shock que terminé por perder la consciencia, pero antes de hacerlo, sin saber si es que era realidad o mi mente jugándome una broma, creí ver un par de alas negras, como las del ave carroñera, surgir de su espalda.

Desperté en el hospital, dos días después, como en un cliché de película, puesto que tan pronto como volví a la realidad, dos miembros de la policía vinieron a interrogarme. Querían saber respecto al accidente y al monstruoso estado en que los inertes cuerpos de mis amadas hijas y esposa se encontraban. Y yo, seguro de lo que había visto, les relaté el accidente y el encuentro con el ser inhumano y carroñero que había ultrajado los cuerpos de mi familia.

Como era de esperarse, no me creyeron. Concluyeron que el accidente fue a causa del mal estado del ambiente y que unos coyotes de la zona se habían alimentado de los cuerpos de mi Clara, Rubí y Zafiro, saliendo yo “a salvo” y a causa del trauma, mi subconsciente creó al “Hombre Buitre” que según yo había perpetrado el acto sangriento. Pero, aun así, yo seguí creyendo en mi versión, podía asegurar con plena seguridad que ese carroñero era real, que él causó el accidente, que él provocó toda esta desgracia. Y tenía razón, puesto que esa misma noche, mientras intentaba dormir, unos golpes en mi ventana seguidos de una ráfaga de frío viento captaron mi atención para poder divisar, sentado en la cornisa mientras sonreía con burla, como si mi tragedia fuese un chiste para él, al Buitre que por tanto me hizo pasar. Tan sólo se quedó allí, mirándome tranquilo, quebrando mi cordura poco a poco, y así lo hizo durante los siguientes dos meses.

Esta noche no es la excepción, ahora mismo, mientras escribo esta carta, el monstruo carroñero estaba sentado, sonriente, en mi ventana, mirándome divertido, relamiéndose los labios, hambriento, puesto que una vez que terminara esta carta, me suicidaría y él se alimentaría de mi aún tibio pero muerto cuerpo. Pues todo este tiempo me ha acosado, llevándome al borde de la locura, queriendo llevarme al suicidio para consumir mi cadáver. Él tiene hambre, una terrible hambre que sólo carne y sangre de un cuerpo recién muerto pueden saciar, y su preferida es la de aquellos a los que llega a, indirectamente asesinar. Él está hambriento, tiene hambre de carroña. Y será mejor concluir mi carta aquí, la soga ya está colgada y como el Buitre, también me espera. Mejor no hacerlos esperar.

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