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Y los muertos arrastraron a los vivos

La única luz que habitaba en el lugar eran la de los pasillos y el disparar de ametrallados y pistolas. El único sonido que habitaba el lugar, eran corridas de varios pasos, quejidos, rugidos y gritos de dolor. Las únicas personas que habitaban el lugar, era la mafia de Bones Crack y soldados nazis, si se les podía llamar personas, ya que su tejido era grisáceo por lo poco que se veía.

Bones arrojó el bidón de combustible contra un auto, salpicando aun más el escenario y algunos soldados que se cubrían con el vehículo. Luego, disparó un par de veces con la pistola al líquido y, finalmente, debido a algunas chispas, ardió todo.

A pesar de que el fuego era voraz y todos los compañeros de Rex se retiraron, pero él seguía, los nazis salieron de entre las llamas como si éstas no les dolieran, aunque sí les hacía daño. El rubio de ojos celestes cerró la puerta del garaje, dejándolos dentro y trabándola con varios cierres y una gruesa madera.

Oía los golpes y rugidos de los atacantes de su principal base, a pesar de la distancia en la que estaba. ¿Cómo los encontraron? Y lo más importante, ¿quiénes eran, por qué vestían así y qué eran? ¡Era imposible que alguien soporte disparos y fuego como si nada! Esas preguntas las tendrá que aclarar luego.

Él y 3 más alcanzaron el arsenal, pero la mayoría de las armas ya fueron tomadas por valientes o cobardes compañeros. Recogieron pistolas, balas y dos escopetas. Tarde se hacía cuando se escuchó la puerta del garaje caer contra el suelo, señal de que ellos ya habían entrado en la totalidad de la base.

Como ya no había coches para huir, debieron tomar otra ruta: la salida de emergencia, en la planta más alta, y luego tendrían que saltar de edificio en edificio hasta haber escapado. Perdieron muchos amigos en el camino y el asalto, el cual les tomó por sorpresa.

Llegaron muy agotados a la azotea, a la vista de todos, pero los soldados dejaron de seguirlos cuando empezaron a subir. Rex miró por un borde cautelosamente, y lo que menos se encontró, fueron personas yendo por ahí y por allá. No había ni siquiera animales cerca. Los 4 se preguntaron qué sucedía en aquella escena de película de terror.

Un helicóptero se oyó a lo lejos, y se distinguió la cruz esvástica en él. Se dirigía a ellos. Comenzaron a bajar por las escaleras a un lado de la estructura, pero Richard resbaló y cayó dentro de un basurero. Kanamez exclamó y se movió rápidamente hasta él, pero nazis los tomaron por detrás e inmovilizaron, disparándoles a sus piernas. Thomas intentó huir por el callejón, pero sucedió lo mismo. Rex, por su parte, fue el último en descender, por lo que retornó a la subida.

Se escondió detrás de la puerta por la que salieron, y se le apareció un soldado nazi delante, pero éste sí mostraba su rostro. Grisáceo, carente del cartílago de la nariz, las iris completamente blancas y amarillentos y podridos dientes. Era como ver al mismo Diablo a la cara, ya que las de él y la de Rex, estaban a tan pocos centímetros.

El mafioso sintió su putrefacto aliento, como si cientos de ratas hayan pasado por esa podrida boca. Aquellos ojos parecieron haber visto una explosión nuclear de muy cerca. Y la nariz, cercenada.

Bones empujó al nazi rápidamente, pero éste lo tomó de los hombros y cayeron al piso anterior, chocando contra una puerta.

Rata en un laberinto sin salida

El rubio despertó cuando oyó los rugidos fuera de su celda y algunos golpes en las rejas, avisando que era la hora de levantarse y empezar otro doloroso día de trabajos.

Golpeó la pared donde colgaba su cama con cadenas, provocando que ésta se sacudiera un poco. El soldado le miró neutralmente, sabiéndose ya de memoria la maldita rutina que tenían ambos: despertar, mirarse con desprecio, comer, trabajar y dormir; repetir al día siguiente.

Rex se colocó de lado tocándose la cabeza, se puso de pie y le mostró el dedo mayor al guardia, el cual se llamaba Karl Hanke, un ex-miembro de la SS resucitado por antiguos poderes no-muertos. Continuó hasta ponerse frente a él, del otro lado de la celda. El grisáceo no-muerto se vio firme ante su prisionero. ¿Jamás aprendería que Karl es el superior ahí y nada cambiaría?

Dos guardias más se hicieron presentes con correas y pistolas eléctricas, y el miembro de la SS sacó unas llaves y abrió el "palacio" de Rex. Los primeros mencionados lo esposaron y colocaron la correa en el cuello, cual perro rabioso que debía ser tratado con cautela, y así era; él tiene que ser tratado con cautela ya que es uno de los reclusos más fuertes de la prisión y mejores mineros.

Lo condujeron por algunos pasillos, mientras otras personas vivas le miraban con miedo, y otros, respeto. Y así hasta legar al comedor de los prisioneros nivel 1. ¿Por qué se juntaba con la clase baja del lugar? Para así evitarse motines y que los fuertes se junten.

Lo sentaron en una silla, con esposas en sus pies y piernas. Lo mismo de siempre. Ya a Rex no le parecían molestas. Eran, en cierto modo, sus mejores amigas e inseparables, viéndolas en desayuno, almuerzo y cena.

Quedó libre luego de desayunar y empezó a vagar por el ambiente, buscando a su único compañero del nivel 1 que lo entendía. Un tal Thomas.

Y así estuvo unos... ¿20 minutos en su búsqueda? Y eso que el comedero no era una estructura grande. Preguntó al típico vendedor de objetos que se hallaba de una prisión, aunque éste sólo disponía de zapatos gastados y cucharas de plástico. Él le respondió que se lo llevaron a una sala. Rex, en un estado de enojo e ira, tomó una de las sillas que habían cerca y la usó de ariete contra un guardia, atravesándole el estómago. El resto de la defensa se abalanzó sobre él, como unos 3 soldados, aproximadamente.

Un rebelamiento empezó, pero no duró más de 3 minutos antes de que una ametralladora se desplegara del techo, con una esfera de cristal antibalas y un piloto usándola. Murieron 6 reclusos y ningún guardia. Rex tenía solamente moretones pero no impedirían que trabajase.

Observó a todo el mundo que estaba a su alrededor con odio y desprecio, sintiendo ese divino deseo humano de acabarlos a todos. No podía. Estaba encerrado y sólo dependía de sus puños y agilidad. Karl se presentó, con sus manos cerradas fuertemente. Estuvo a punto de romperse los dientes de tanto apretar la boca por el enojo, pero por su caso, ésto no se notó.

El fuerte rebelde fue empujado por su carcelero favorito hasta las minas debajo de la propia prisión, donde extraían buenas cantidades de metal por día. Tomó su pico, se alejó un poco del resto del grupo y empezó a picar, teniendo un guardia que nunca le quitaba el ojo de encima.

Cada picotazo, cada golpe contra roca y metal, cada piedresilla que caía contra el suelo, le recordaba el sonido de las armas siendo disparadas. Sus compañeros caídos, su grupo, su familia, su todo. El odio que sentía a aquel líder que lo dejó en tragedia, que tenía mucha menos piedad que él, le asquea todo su ser.

La hora del trabajo mañanero finalizó. Metió todo lo que extrajo en vagonetas, las empujó hasta quedar con las otras y se marchó del lugar, arrojando el pico al suelo como si no le importara quién viera. Un soldado se le acercó y tomó del hombro, ordenándole a rugidos que lo dejara en su lugar. No le quedó otra que hacer caso si no quería quedarse sin el resto de la comida del día.

Al día siguiente, se repitió todo, aunque esta vez encontrándose a Kanamez en el comedor. Podría ser una mujer, pero era mejor que varios del recinto, además de respetable. Ésta le dirigió la palabra a Rex.

-¿Te enteraste de lo de Thomas?...-

-Sí. Lo llevaron allí.- Dijo señalando una puerta custodiada por 4 guardias nazis bien armados.

-Lo molestaba, pero me caía bien. ¿Ahora a quién le haré bullying? A ti no por obvias razones, y Richard está en el nivel 2.-

-No he sabido nada de él desde hace 5 días. ¿Habrá muerto?-

-Llegó a pasar éso y te mataré a golpes.-

-Inténtalo.-

-M-Mejor no...- Tartamudeó. Era su amigo, pero sabía que no dudaría en golpearle si lo molestaba.

Desde la revuelta del día anterior, la ametralladora del techo nunca se esconde en su refugio. Siempre está y estará ahí arriba, preparada para abatir a cualquier que intentase escapar o traer problemas. Excepto a Rex. El führer le encargó personalmente a Karl Hanke mantener con vida a algunas personas en la prisión, sea cual sea la situación. Quién sabe cuándo los necesitaría.

Rex yacía sentado en su cama, o lo que mejor tenía de una, con la cara en las palmas de sus manos. ¿Lloraba? No. Lo ve inútil y de cobardes. ¿Se frustraba? No. ¿Planeaba algo? Sí, cómo irse de aquel infierno plagado de lo que sea que sean los guaridas.

Detrás del inodoro de su celda, escondía unos papeles con teorías y planes. Le costó conseguir tres simples hojas y un lápiz, y por ello se aseguraba de esconderlos muy bien. Las redactó en francés, usando de vez en cuando garabatos y símbolos para confundir a los guaridas si algún día lo encontraban.

Superioridad

Epílogo: Los abandonados

— ¿Saben por qué están aquí, jóvenes? — Preguntó un hombre con rasgos de putrefacción y vistiendo una armadura medieval europea oxidada.

— Este lugar parece sacado de un cuento de fantasía. Y no, hombres y mujeres con atuendos raros nos trajeron aquí, acompañados de esas altas estatuas vivientes que tienen. — Respondió uno de los muchachos.

— Llámenlos por sus nombres, por favor. — Agregó un esqueleto ardiendo en llamas y usando un traje pirata, incluyendo un sombrero.

— ¿Dónde estamos?... ¿Quiénes son todos ustedes? Y lo más importante: ¿qué hacemos? — Preguntó un rubio que venía con los demás traídos, poniéndose a un lado del que habló primero. Éste último le miró con curiosidad, analizándolo.

— Primero, dígannos sus nombres, uno por uno. — Tras eso, un grito atronador, masculino y repentino ahogó la sala en silencio.

— Ahora tú. —

— Tyr. —

— Ese es el apodo que te dieron tus compañeros en vida. Queremos el verdadero, aunque yo ya lo sé, el resto no. —

El pelinegro suspiró, para luego lanzar sus ojos hacia un lado, pero finalmente soltó su nombre al ver que todos los presentes posaron su vista en él.

— … Eudes Rasel. —

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